Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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—Del mar —fue la abatida respuesta.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —gritó Tefara mientras se balanceaba en un frenético vaivén.

—¿Desde cuándo duerme Tefara en casa extraña? —llegó la voz de Nauri a través de la estera.

Mapuhi miró a su esposa con miedo y reproche. Era su voz la que los había traicionado.

—¿Y desde cuándo Mapuhi, mi hijo, ha renegado de su vieja madre? —continuó la voz.

—No, no, yo no he…, Mapuhi no ha renegado de ti —gritó—. Él está en el lado oriental de la laguna, te digo.

Ngakura se sentó en la cama y se puso a llorar. La estera empezó a temblar.

—¿Qué estás haciendo? —requirió Mapuhi.

—Entro —dijo la voz de Nauri.

Un extremo de la estera se levantó. Tefara trató de meterse bajo las mantas, pero Mapuhi se le aferraba. Tenía que aferrarse a algo. Juntos, luchando uno contra otro, con los cuerpos temblorosos y los dientes que les castañeteaban, miraron con ojos desorbitados la estera que se movía. Vieron a Nauri, chorreando agua, sin su ahu, que se deslizaba dentro. Rodaron dándole la espalda, mientras se peleaban por la manta de Ngakura para taparse la cabeza.

—Podrías darle a tu vieja madre un poco de agua para beber —dijo el fantasma quejumbrosamente.


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