Martin Eden
Martin Eden —Lo echaremos a suertes —ofreció Martin.
—Vamos, ¡a beber todo el mundo! —exclamó Joe, mientras agitaban los dados y los tiraban sobre la barra mojada.
El lunes por la mañana Joe estaba loco de expectación. No le importaba su dolor de cabeza, ni le interesaba su trabajo. Rebaños enteros de segundos se dispersaban y se perdían mientras su descuidado pastor miraba por la ventana al sol y los árboles.
—¡Mira eso! —exclamaba—. ¡Y es todo mío! No cuesta dinero. Puedo tumbarme a la sombra de esos árboles y dormir mil años si lo deseo. Larguémonos de una vez, Mart. ¿Qué sentido tiene esperar unos minutos? Ahí está la tierra del no pegar golpe, y tengo un billete para llegar a ella… ¡un billete sin retorno!
Poco después, mientras llenaba la carretilla con ropa sucia para la lavadora, Joe descubrió la camisa del director del hotel. Conocía sus iniciales y, con un repentino y maravilloso sentimiento de libertad, la arrojó al suelo y la pisoteó.
—¡Ojalá estuvieras dentro de ella, estúpido holandés! —gritó—. ¡Dentro de ella y justo donde te tengo! ¡Toma esto! ¡Y esto! ¡Y esto! ¡Maldito seas! ¡Que alguien me detenga! ¡Detenedme!