Martin Eden
Martin Eden Martin se reÃa y le hizo volver al trabajo. El martes por la noche llegaron los dos empleados nuevos, y pasaron el resto de la semana enseñándoles su cometido. Joe se sentaba y les explicaba su método, pero no movÃa un dedo.
—No pienso dar ni clavo —anunció—. Ni clavo. Pueden despedirme si quieren, pero, si lo hacen, me largo. Se acabó el trabajo para mÃ, gracias. Lo mÃo son los vagones de mercancÃas y la sombra bajo los árboles. ¡A trabajar vosotros, esclavos! Asà me gusta. ¡A trabajar como mulas y a sudar! ¡A trabajar como mulas y a sudar! Y, cuando estéis muertos, os pudriréis igual que yo, y ¿qué importancia tendrá cómo hayáis vivido? ¿Eh? Contestadme a eso, ¿qué importancia tendrá cómo hayáis vivido?
El sábado cobraron su paga y llegó el momento de separarse.
—Supongo que es inútil pedirte que cambies de idea y te vengas conmigo, ¿no? —preguntó Joe sin la menor esperanza.
Martin estrechó su mano, y Joe la retuvo unos instantes mientras decÃa:
—Sé que volveré a verte en esta vida, Mart. Puedo predecirlo. Lo siento en los huesos. Adiós, Mart, y pórtate bien. Ya sabes que te he cogido mucho cariño.