Martin Eden
Martin Eden Nunca había estado en un ambiente tan exquisito, y prefería quedarse en un segundo plano, escuchando, observando, disfrutando, y respondiendo lacónicamente «sí, señorita» y «no, señorita» a la joven, y «sí, señora» y «no, señora» a su madre. Y tuvo que reprimir el impulso de contestar «sí, señor» y «no, señor» a sus hermanos, tal como le habían enseñado en los barcos. Comprendió que sería impropio, y una confesión de inferioridad por su parte… algo que debía evitar si quería conquistarla. También era un dictado de su amor propio.
«¡Por Dios! —gritó en su fuero interno—. Soy tan bueno como ellos y, aunque sepan muchas cosas que ignoro, ¡yo también podría enseñarles unas cuantas!».
Pero unos instantes después, cuando la joven o su madre le llamaron «señor Eden», su orgullo y su agresividad desaparecieron y se sintió muy dichoso. Era un hombre civilizado, ni más ni menos, cenando —codo con codo— con individuos como los que aparecían en los libros. Y él también era un personaje de ficción, adentrándose en las páginas impresas de unos volúmenes encuadernados.