Martin Eden

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Pero, mientras desmentía la descripción de Arthur y aparentaba ser un manso cordero en lugar de un hombre salvaje, se devanaba los sesos para decidir cómo comportarse. No tenía nada de cordero, y su carácter era demasiado fuerte para contentarse con un papel secundario. Hablaba únicamente cuando debía hacerlo, y su discurso era como sus pasos al acercarse a la mesa: brusco y entrecortado, mientras buscaba las palabras entre su vocabulario políglota, sopesando las que le parecían más indicadas y que temía no saber pronunciar, o rechazando las que creía incomprensibles o demasiado crudas y groseras para ellos. Pero era consciente de que tanto miramiento le dejaba en ridículo, y le impedía expresar lo que sentía. Y su amor a la libertad detestaba aquella limitación, del mismo modo que su piel detestaba aquel cuello almidonado. Además, estaba seguro de que no podría seguir aquel juego mucho tiempo. Era un hombre reflexivo y sensible por naturaleza, pero su imaginación era impetuosa y vivaz. No tardaron en dominarle los pensamientos y emociones que luchaban con virulencia por cobrar forma y expresión, y entonces olvidó dónde estaba, y las viejas palabras —el lenguaje que conocía— salieron de sus labios.

En una ocasión, el criado le interrumpió para ofrecerle algo y él lo rehusó con un breve y enfático «¡Quia!».


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