Martin Eden

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Los demás comensales le miraron tensos y expectantes, el criado sonrió con aire de suficiencia, y él se sintió avergonzado. Pero en seguida se recobró.

—Significa «he terminado» en lengua kanaka —explicó—. Lo he dicho sin darme cuenta. Se escribe con «cu» —vio los ojos de ella, curiosos y pensativos, fijos en sus manos, y aclaró—: Acabo de bajar la costa oeste en uno de los vapores correo del Pacífico. Iba con retraso y, en los puertos de Puget Sound, hemos tenido que trabajar como negros, estibando la carga… un cargamento mixto, no sé si saben lo que es. Por eso tengo las manos despellejadas.

—Oh, no le miraba por eso —se apresuró a decir la joven—. Pensaba que tiene unas manos demasiado pequeñas para su cuerpo.

Martin se ruborizó. Le pareció que el comentario ponía en evidencia otro de sus defectos.

—Tiene razón —respondió, quitándole importancia—. No son lo bastante grandes. Tengo tanta fuerza en los brazos y en los hombros que, cuando golpeo a un hombre en la mandíbula, me destrozo las manos.

Se arrepintió de haber dicho aquello. Se indignó consigo mismo. Había perdido el control de su lengua y su comentario no había sido nada agradable.

—Fue usted muy valiente al ayudar a Arthur de ese modo… sin conocerle siquiera —dijo ella con tacto, adivinando su turbación aunque ignorara el motivo.


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