Martin Eden
Martin Eden —No, no dijo nada —explicó Ruth—. Se limitó a rodearme con sus brazos, eso fue todo. Me sentà tan sorprendida como tú. No pronunció una palabra. Sólo me abrazó. Y… y yo dejé de ser yo. Y él me besó, y yo le besé. No pude evitarlo. Tuve que hacerlo. Y entonces supe que le amaba.
Dejó de hablar, esperando con impaciencia la bendición del beso materno, pero la señora Morse guardaba un gélido silencio.
—Es horrible —continuó Ruth con una voz cada vez más débil—. No sé si algún dÃa podréis perdonarme. Pero no he podido evitarlo. No he comprendido que le amaba hasta ese momento. Tienes que contárselo a papá por mÃ.
—¿No serÃa mejor no decirle nada? Déjame que vea a Martin Eden, hable con él y se lo explique. Él lo entenderá y te liberará de tu promesa.
—¡No, no! —gritó Ruth, levantándose de un salto—. No quiero que me libere de mi promesa. Le amo, y el amor es dulce. Y me casaré con él… si vosotros me dejáis, por supuesto.
—Tu padre y yo tenemos otros planes para ti, Ruth, querida… Oh, no… no es que hayamos pensado en alguien especial ni nada de eso. Sólo queremos que te cases con un hombre de tu posición, un caballero bueno y honorable que tú misma elijas cuando te enamores de él.