Martin Eden
Martin Eden Y asà quedaron las cosas. Dentro del cÃrculo familiar, todos aceptaron que Ruth y Martin estaban comprometidos, pero no se anunció públicamente. La familia pensaba que nunca llegarÃa a ser necesario. Además, todos sobreentendieron que serÃa un noviazgo largo. No le pidieron a Martin que empezara a trabajar o dejase de escribir. No querÃan animarle a que se enmendara. Y él les ayudaba en sus planes, pues la idea de buscar un empleo estaba muy alejada de sus pensamientos.
—No sé si te gustará lo que he hecho —le dijo a Ruth unos dÃas más tarde—. He decidido que alojarme en casa de mi hermana es muy caro, y voy a independizarme. He alquilado una pequeña habitación en North Oakland, un barrio apartado, ya sabes, y he comprado un hornillo de queroseno para cocinar.
Ruth no cabÃa en sà de gozo. Le agradaba especialmente el hornillo de queroseno.
—Asà fue como empezó el señor Butler —dijo.
A Martin no le gustó demasiado que nombrara a ese respetable caballero, y continuó:
—He puesto sellos en todos mis escritos y he empezado a enviarlos de nuevo a las publicaciones. Hoy me he cambiado de casa y mañana vuelvo al trabajo.
—¡Un empleo! —exclamó ella, traicionando su alegrÃa y su sorpresa con todo el cuerpo, acurrucándose contra él y apretando su mano mientras sonreÃa—. ¡No me habÃas dicho nada! ¿De qué se trata?