Martin Eden
Martin Eden —Pero es una bicicleta de cuarenta dólares, en muy buen estado —señaló Martin—. Y sólo me ha dado siete dólares por ella. No, ni siquiera siete. Seis dólares veinticinco centavos; me cobró el interés por adelantado.
—Si quiere más dinero, tráigame el traje —fue la respuesta que hizo salir a Martin de aquel antro, en un estado de desesperación que se reflejaba en su rostro y suscitó la compasión de su hermana.
Apenas acababan de encontrarse cuando apareció el tranvÃa de Telegraph Avenue y se detuvo para recoger a un montón de gente que habÃa pasado la tarde de compras. La señora Higginbotham adivinó, por cómo Martin la cogió del brazo para ayudarla a subir, que no iba a acompañarla. Se volvió desde el estribo y le miró. El rostro ojeroso de su hermano la enterneció de nuevo.
—¿Acaso no vienes? —preguntó.
Unos instantes después, estaba con él en la acera.
—Prefiero ir andando… para hacer un poco de ejercicio —explicó Martin.
—Entonces te acompañaré un par de manzanas —dijo ella—. Tal vez me siente bien. Estoy muy poco ágil últimamente.