Martin Eden
Martin Eden Martin comprobó que tenÃa razón al observar su aspecto desaliñado, su gordura poco saludable, sus hombros encorvados, su rostro fatigado y surcado de arrugas, su paso cansino y sin elasticidad… toda una caricatura de un cuerpo libre y dichoso.
—Será mejor que te quedes aquà —exclamó Martin, al ver que ella se detenÃa en la primera esquina— y cojas el próximo tranvÃa.
—¡Pero si todavÃa no estoy cansada! —contestó Gertrude jadeando—. Puedo andar tan bien como tú con esas suelas. Están tan gastadas que se desharán mucho antes de llegar a North Oakland.
—Tengo unos zapatos mejores en casa —repuso Martin.
—Ven a cenar mañana —le invitó ella, como si tal cosa—. El señor Higginbotham no estará. Tiene que ir a San Leandro por negocios.
Martin dijo que no con la cabeza, pero no logró disimular la expresión de lobo hambriento que asomó a sus ojos ante la mención de una cena.
—No tienes un centavo, Mart, y por eso vas andando para hacer ejercicio. ¡Ejercicio! —trató de mostrar su desdén con un resoplido, pero lo único que emitió fue un jadeo—. Vamos, déjame ver…
Y, después de hurgar en su cartera, puso una moneda de cinco dólares en la mano del joven.