Martin Eden
Martin Eden —Creo que olvidé tu último cumpleaños, Mart —masculló sin demasiada convicción.
La mano de Martin se cerró instintivamente sobre la moneda de oro. Sabía que no debía aceptar, y se encontró librando una lucha interior, presa de la indecisión. Aquel pedacito de oro significaba comida, vida y luz para su cuerpo y su cerebro, vigor para continuar escribiendo, y… ¿por qué no?… tal vez le ayudaría a escribir algo que le proporcionase muchas monedas de oro. Y los manuscritos de dos ensayos que acababa de terminar aparecieron muy nítidos en su imaginación. Los vio debajo de una mesa, sobre el montón de escritos rechazados para los que no tenía sellos, y leyó sus títulos como si acabara de mecanografiarlos: «Los sumos sacerdotes del misterio» y «La cuna de la belleza». Jamás se los había enseñado a nadie. Eran los mejores ensayos que había escrito hasta entonces. ¡Si pudiera comprar sellos! Entonces le dominó la certeza de su victoria final, una sólida aliada del hambre, y, con un movimiento apresurado, metió la moneda en su bolsillo.
—Te la devolveré, Gertrude, más de cien veces —dijo con un nudo en la garganta y los ojos nublados por las lágrimas—. ¡Ya verás! —aseguró—. Antes de que transcurra un año pondré cien pequeñas monedas de oro como ésta en tu mano. No te pido que me creas. Sólo tienes que esperar para verlo.