Martin Eden
Martin Eden Ella no le creÃa. Su incredulidad la hacÃa sentirse incómoda, y dijo lo único que se le ocurrió:
—Sé que estás hambriento, Mart. Se nota a la legua. Ven a comer cuando quieras. Te mandaré a uno de los niños cuando el señor Higginbotham esté fuera. Y Mart…
Él esperó, aunque en el fondo de su corazón sabÃa lo que ella iba a decirle; podÃa leer con claridad los pensamientos de su hermana.
—¿No te parece que ha llegado el momento de que busques empleo?
—No crees que vaya a triunfar, ¿verdad? —preguntó Martin.
Ella movió la cabeza.
—Soy el único que confÃa en mÃ, Gertrude —su voz estaba llena de rebeldÃa—. Pero ya he escrito cosas buenas, muchas, y más pronto o más tarde las venderé.
—¿Cómo sabes que son buenas?
—Porque… —titubeó mientras en su cerebro se agitaban el vasto campo de la literatura y su historia y le señalaban la inutilidad de explicarle las razones de su confianza—. Bueno, porque es mejor que el noventa y nueve por ciento de lo que publican las revistas.