Martin Eden
Martin Eden Ruth caminó cogida de su brazo por los pasillos mal iluminados y por la estrecha escalera.
—Ya estoy a salvo —dijo cuando llegaron a la acera, empezando a retirar su mano del brazo de Martin.
—No, no, te acompañaré a casa —respondió él.
—No, por favor —objetó ella—. No es necesario.
Ruth intentó soltarse de nuevo. Eso despertó la curiosidad de Martin. Ahora que no corría peligro, estaba asustada. Parecía deseosa de alejarse de él. Martin no entendía por qué y lo atribuyó a su nerviosismo. Así que retuvo su mano y empezó a andar con ella. Después de recorrer media manzana, vio a un hombre con un abrigo largo que se escondía en un portal. Le lanzó una mirada al pasar y, aunque llevaba el cuello subido, advirtió que era Norman, el hermano de Ruth.
Durante el trayecto, apenas hablaron. Ella se sentía anonadada. Él, indiferente. Martin dijo que pensaba marcharse, regresar a los Mares del Sur, y ella le pidió perdón por haber ido a verlo. Y no hubo más. La despedida fue muy convencional. Se estrecharon la mano, se dieron las buenas noches, y Martin se quitó el sombrero. La puerta se cerró, él encendió un cigarrillo y volvió al hotel. Cuando llegó al portal donde Norman se había ocultado, se detuvo y miró dentro, pensativo.