Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Temiendo que fuera alguna jugada que me quisieran hacer, contesté: —Dele las gracias, amigo.
“Y cuando el policÃa se iba a ir, le dije: —Me hace un favor, paisano: ¿me dice por qué estoy preso?
—Eso lo sabrá usted mejor que yo.
—¿Sabe usted si está en su casa mi padre, Miguel Corro?
—SÃ, está.
—¿Y mi madre?
—También.
—¿Y dónde lo han muerto al juez?
—Cerca de la casa de usted, pues. ¿Para qué quiere hacerse el que no sabe? ¡No ve que ya está todo descubierto!
“Me quedé confuso, no le pregunté nada más, y el hombre se fue.
“A los pocos dÃas me pusieron comunicado.
“Mi madre fue la primera persona que vi. ¡No le decÃa, mi Coronel, que era una santa mujer
“Por ella supe lo que habÃa. Llorando me lo contó todo. ¡Pobrecita! Mi padre habÃa muerto, de celos, al juez. Pero nadie sino ella lo habÃa visto. Y a mà me creÃan el asesino, porque me habÃan hallado corriendo a pie, por las calles del pueblo, a deshoras.