Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Saboreaba el suave beleño; soñaba que yo era el conquistador del desierto; que los aguerridos ranqueles, magnetizados por los ecos de la civilización, habían depuesto sus armas; que se habían reconcentrado formando aldeas; que la iglesia y la escuela habían arraigado sus cimientos en aquéllas comarcas desheredadas; que la voz del Evangelio ahogaba las preocupaciones de la idolatría; que el arado, arrancándole sus frutos óptimos a la tierra, regada con fecundo sudor, producía abundantes cosechas; que el estrépito de los malones invasores había cesado, pensando sólo, aquellos bárbaros infelices, en multiplicarse y crecer, en aprovechar las estaciones propicias, en acumular y guardar, para tener una vejez tranquila y legarles a sus hijos un patrimonio pingüe, que yo era el patriarca respetado y venerado, el benefactor de todos, y que el espíritu maligno, viéndome contento de mi obra útil y buena, humanitaria y cristiana, me concitaba a una mala acción, a dar mi golpe de estado.
¡Mortal!, me decía, aprovecha los días fugaces.
¡No seas necio, piensa en ti, no en la Patria!
La gloria del bien es efímera, humo, puro humo. Ella pasa y nada queda. ¿No tienes mujer e hijos? Pues bien. ¿No te obedecen y te siguen, no te quieren y respetan estos rebaños humanos?
Pues bien.