Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —SÃ, mi Coronel.
Recién el gaucho me dijo al contestarme: mi Coronel.
Di las órdenes en el cuerpo, y al rato andaba Rufino por Villanueva, como uno de tantos militares.
Vinieron a avisarme que se habÃa desertado, y expliqué lo que habÃa.
Me aseguraron que se irÃa, y contesté que lo dudaba.
Yo decÃa para mis adentros:
—Si el bandido se va, porque tiene la libertad de hacerlo, se irá solo, no llevará otros consigo.
Yo vivÃa en la casa de Belzor Moyano.
Allà vivÃa él.
Todo el mundo estaba asombrado, tal era el terror que Rufino Pereira inspiraba.
Una mañana estaba él en el zaguán, mientras yo hablaba en la puerta de la calle con un sargento de la partida de PolicÃa.
Entré con el sargento a mi cuarto, que tenia puerta al zaguán, y detrás de mÃ, sin que yo lo viera, entró Rufino.
Cuando me apercibà de su presencia, estaba sentado en una silla.
—¿Por qué no se acuesta, amigo, en la cama? —le dije—, con confianza.
Al oÃr esta irónica insinuación se puso de pie.