Typee

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Entre las muchas muestras similares que presencié, nunca olvidaré a un rollizo personaje muy parecido a una dama. La esposa de un misionero, quien diariamente durante meses daba sus paseos regulares en un cochecito tirado por dos isleños, uno ya canoso y el otro, un travieso mozalbete, ambos tan desnudos como vinieron al mundo con excepción del taparrabos. Este par de bípedos de tiro iba por tierra plana trotando trabajosa y desagradablemente, el joven rezagado todo el tiempo cual bestia sagaz, mientras el viejo halaba todo el peso.

En medio del traqueteo por las calles de la ciudad en este elegante transporte, la dama miraba a su alrededor como cualquier reina en pos de ser coronada. Sin embargo, una repentina elevación y una calle de tierra arenosa, pronto perturbaron su serenidad. Las pequeñas ruedas se hundieron en un suelo poco firme: el viejo halaba y sudaba, mientras el joven retozaba y no ayudaba; el coche no se movió una pulgada. ¿Podría la bondadosa dama, que ha dejado casa y amigos por el bien de las almas de los pobres paganos, pensar un momento en ellos y descender del carro para aliviar un poco al pobre anciano hasta salvar el obstáculo? No señor; ella no. Ni soñarlo. En realidad, ella no pensaba mucho cuando llevaba las vacas a pastar en la vieja granja en Nueva Inglaterra; pero los tiempos han cambiado desde entonces, por lo que se mantiene en su asiento y grita:

¡Juki, juki! (Halen, halen.)


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