Historia de un pepe
Historia de un pepe Petrificada quedó la pobre Rosalía al escuchar aquellas palabras y al examinar a la que las pronunciaba. Estaba vestida con el traje de las mujeres del pueblo. Su negra y abundante cabellera, que daba indicios de no haber sido peinada en algunos días, caía sobre sus espaldas, destrenzada. Se conocía que la joven había sido hermosa; pero el vicio, al clavar su garra en aquella naturaleza poco vigorosa, había dejado marcada su huella en todas las facciones. La voz era ronca y cavernosa, como si saliese de pulmones horadados por la tisis. A las palabras que pronunció la desconocida siguió una carcajada, que tenía algo de feroz o de lúgubre, que hizo la impresión más desagradable en Rosalía. No sabía ésta qué contestar a lo que acababa de oír. Entonces la otra saltó de la cama con más ligereza que la que podía esperarse de su visible aniquilamiento, y encarándose con la hija del maestro de armas, le gritó, asiéndola fuertemente por una de las muñecas:
—¿Usted es la que quiere arrebatarme a Gabriel? Pues sepa usted que yo no soy mujer que me deje quitar a mi amante. No lo volverá usted a ver. ¿No sabe usted que el hijo del ahorcado sólo puede casarse con la nieta de la emplumada?
—¿Qué significa esto? —dijo Rosalía, como hablando consigo misma; me han traído a ver una loca.