Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Di y Jenny se fueron a campo traviesa, por donde el camino era de poco menos de medio kilómetro. A pesar de su conciencia culpable, Di era feliz. Pasaron por tantos sitios bonitos: pequeñas ensenadas de helechos (donde rondaban los duendes) en las bahías de bosques de un verde intenso; un valle donde susurraba el viento, en el que se hundían las rodillas en los botones de oro para cruzarlo, un caminito serpenteante entre jóvenes arces, un arroyo que era un cinta irisada de flores, un campo soleado lleno de fresas. Di, que acababa de despertar a la percepción de la hermosura del mundo, estaba extasiada y casi deseó que Jenny no hablara tanto. Charlar estaba bien en la escuela, pero aquí Di no estaba segura de querer oír hablar de cuando Jenny se envenenó, «accidentalmente» por supuesto, por tomar un remedio equivocado. Jenny pintaba bien su agonía de moribunda, pero no fue muy explícita sobre la razón por la cual después de todo no se había muerto. Había «perdido el conocimiento», pero el médico logró arrancarla de las garras de la muerte.

—Aunque nunca he vuelto a ser la misma desde entonces. Di Blythe, ¿qué miras tanto? Creo que no me estabas escuchando.

—Ah, sí, te escuchaba —dijo Di, culpable—. Yo creo que has tenido una vida maravillosa, Jenny. Pero, mira la vista.

—¿La vista? ¿Qué es una vista?


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