Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—Mire esos abetos puntiagudos que se recortan contra ella, y los abedules en el valle, que aún levantan los brazos hacia el cielo. Ahora son árboles grandes; eran tan pequeñitos cuando yo llegué aquí, que eso sí me hace sentir un poquito vieja.

—Los árboles son como los niños —dijo la señora Lynde—. Es terrible cómo crecen apenas una les da la espalda por un minuto. Mira a Fred Wright, no tiene más que trece años y está tan alto como el padre…

»Hay pastel de pollo caliente para la cena y te he preparado mis bizcochitos de limón. No temas dormir en esa cama. He oreado las sábanas y Marilla, que no sabía que yo lo había hecho, volvió a orearlas, y Millie, que no sabía que las dos lo habíamos hecho, las oreó por tercera vez. Espero que Mary María Blythe salga mañana. Disfruta mucho de los funerales.

—La tía Mary María… Gilbert la llama así, aunque en realidad es sólo prima del padre. Siempre me llama «Anita» —dijo Ana, estremeciéndose—. Y la primera vez que me vio, después de casada, me dijo: «Es muy extraño que Gilbert te haya elegido a ti. Podría haberse casado con tantas lindas muchachas…». Tal vez por eso que nunca me ha gustado… y sé que Gilbert tampoco la quiere, pero es demasiado apegado a la familia para admitirlo.

—¿Gilbert se quedará muchos días?


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