Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Ana voló a la puerta, con la cara encendida y los ojos brillantes. Al llegar al umbral, se detuvo de improviso, se dio la vuelta, volvió y se sentó junto a la mesa, habiendo desaparecido de su cara la luz y la alegría.

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó Marilla.

—No me atrevo a salir —contestó Ana, con el tono de un mártir que renuncia a las glorias terrenas—. Si no puedo quedarme aquí, de nada sirve que quiera a «Tejas Verdes». Y si salgo y veo todos esos árboles, flores, plantaciones y el arroyo, no podré evitar quererlos. Ya es bastante duro ahora, de manera que no trataré de hacerlo todavía más. ¡Deseo tanto salir! Todo parece decirme: «Ana, Ana, sal a vernos, Ana, Ana, queremos un compañero de juegos», pero será mejor que no lo haga. De nada sirve querer algo de lo que te tienes que separar, ¿no es así? ¡Y es tan difícil evitar quererlas! Por eso estaba tan contenta de vivir aquí. Pensé que tendría muchas cosas para querer y nada que me lo impidiese. Pero el breve sueño ha pasado. Me resigno a mi suerte, de manera que no pienso salir por temor a perder la resignación. ¿Cómo se llama ese geranio del alféizar?

—Es un geranio injertado.


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