Eureka
Eureka Que los cuerpos estelares deban finalmente fundirse en uno, que al fin todo deba sumirse en la sustancia de un magnífico orbe central ya existente, es una idea que desde hace un tiempo parece haberse adueñado, de un modo vago e indeterminado, de la fantasía de la humanidad. Es una idea que pertenece en realidad a la clase de las excesivamente obvias. Surge al instante de una observación superficial de los movimientos cíclicos, y en apariencia giratorios o vortiginosos, de esas partes individuales del universo que caen bajo nuestra observación más inmediata y próxima. No hay quizá un ser humano de educación corriente y mediana capacidad reflexiva a quien en algún período no se le haya ocurrido la fantasía en cuestión de una manera espontánea e intuitiva y con todas las características de una concepción muy profunda y muy original. Pero esta concepción tan comúnmente aceptada nunca ha surgido, que yo sepa, de ninguna consideración abstracta. Por el contrario, sugerida siempre, como lo digo, por los movimientos vertiginosos alrededor de los centros, se buscaba naturalmente la razón de ello, la causa de la reunión de todos los orbes en uno imaginado como ya existente, en esos mismos movimientos cíclicos.