La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan La escuadra americana circundaba ahora a la española y la cubría con una tremenda tempestad de proyectiles. Las gruesas granadas de los grandes acorazados, caían densas sobre los puentes de los cruceros, causando furiosos incendios que era imposible extinguir.
Al cabo de un cuarto de hora, la mayor parte de los cañones del «Almirante Oquendo» y del «Infanta María Teresa» eran un montón de hierros retorcidos o estaban tan ardientes que no podían ser usados.
Los gruesos obuses americanos atravesaban ya las corazas de los dos cruceros y estallaban, con espantoso estrépito, en las baterías, haciendo estragos entre marineros y artilleros.
El «Oquendo», ahora en llamas, no podía resistir más. Remolinos de humo y nubarrones de chispas lo envolvían de proa a popa, mientras la sangre corría a torrentes por entre las baterías despanzurradas, y los muertos y heridos aumentaban continuamente.
A pesar de todo, la valerosa nave, envuelta completamente por las llamas, no cedía y disparaba alocadamente sus piezas de tiro rápido, intentando todavía sembrar la muerte sobre los acorazados americanos.
Su capitán, Lazaga, impávido en medio del estampido de las granadas, seguía ordenando la maniobra. Su potente voz se oía a intervalos entre el horrendo chaparrón de los proyectiles explosivos.
—¡Fuego! ¡Muchachos! ¡Fuego!