Robin Hood

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Al terminar estas palabras, murmuradas con la voz entrecortada por las lágrimas, el joven cogió a Maude por el talle, estrechó contra su corazón a la palpitante joven, la besó apasionadamente y se alejó sin volver la cabeza, sin contestar a la dulce voz que intentaba retenerle.

Una veintena de robustos vasallos armados con lanzas, espadas, arcos y flechas, rodeaban, a distancia respetuosa, a un grupo de hombres compuesto por los hijos de sir Guy de Gamwell, por Pequeño Juan, su sobrino, y por Gilbert Head.

—Mucho me extraña que Robín se haga esperar —decía el anciano a sus jóvenes compañeros—; no está entre las costumbres de mi hijo el ser perezoso.

—Paciencia, maese Gilbert —respondió Pequeño Juan irguiéndose cuan alto era para echar una ojeada—; Robín no es el único que falta, mi primo Will también se hace de rogar. No creo que retrasen la salida tres o cuatro minutos sin motivo.

—¡Aquí están! —gritó uno de los hombres.

Will y Robín se acercaron rápidamente.

—¡Partamos! —gritó Gilbert—. Pequeño Juan —añadió volviéndose hacia el joven—, ¿conocen vuestros amigos el objetivo de nuestra expedición?

—Sí, Gilbert, juraron seguiros con valor y serviros con fidelidad.


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