Enrique IV
Enrique IV El rey ve, pues, un paralelo entre Ricardo y el príncipe en la medida en que él fue para Ricardo lo que ahora es Hotspur para el príncipe. Hal lo entiende y promete redimirse sobre la cabeza de Hotspur. Con esta hazaña aspira a limpiar una mala fama cuyo fondo de verdad no niega, pero que en su mayor parte atribuye a la maledicencia interesada. La batalla con los rebeldes también le dará otras oportunidades para desmentirla. Shakespeare se hace eco de unas observaciones de Holinshed según las cuales el príncipe, sin ser un santo, era mejor de lo que le pintaban las malas lenguas. De este modo consigue equilibrar su presentación dramática en ese mismo sentido y plantearla en el proceso dialéctico de apariencia-realidad en que tanto discurren las dos partes de la obra. Sin duda por su tono predominantemente político, la escena se nos muestra un tanto limitada: hasta en el propio Hal hay algo de calculador e incluso algo de comercial en su lenguaje (Hotspur es su «agente» a quien le exigirá que rinda cuentas). Sin embargo, su firmeza convence al rey, que ahora deposita en él su absoluta confianza. De este modo, la acción avanza hacia su segunda fase, en la que el mundo de la guerra absorbe a los mundos de la política y la taberna.