Mucho ruido y pocas nueces

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Escena I

Aposento en la casa de Leonato.

Entran LEONATO, ANTONIO, HERO, BEATRIZ y otros.

LEONATO.— ¿No ha estado aquí a cenar el conde Juan?

ANTONIO.— No le he visto.

BEATRIZ.— ¡Qué cara de acrimonia tiene ese caballero! Nunca he podido verle sin experimentar por espacio de una hora agruras de estómago.

HERO.— Es de una disposición muy melancólica.

BEATRIZ.— El hombre perfecto sería aquel que se tuviera en el justo medio entre él y Benedicto: el uno es muy semejante a una estatua y no dice esta boca es mía; el otro se parece al hijo mayor de la señora de la casa, que chacharea incesantemente.

LEONATO.— Es decir, la mitad de la lengua del señor Benedicto en la boca del conde Juan y la mitad de la melancolía del conde Juan en la cara del señor Benedicto.

BEATRIZ.— Con una buena pierna y un buen pie, tío, y bastante dinero en la bolsa, sería un hombre capaz de seducir a cualquier mujer del mundo, si lograba captarse su buena voluntad.

LEONATO.— A fe, sobrina, que no conseguirás nunca un esposo si tienes siempre la lengua tan maliciosa.

ANTONIO.— A fe que es demasiado maldita.


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