El visitante
El visitante El susurro se volvió más bajo, como si estuviera justo detrás de él.
—Ya me conoces.
Ralph giró la cabeza bruscamente, mirando la puerta de su oficina. La sensación de que algo lo observaba desde la sombra lo envolvió.
—Déjate ver, hijo de puta.
Una risa baja, distorsionada.
—Pronto.
Y la llamada se cortó.
El teléfono resbaló de sus manos.
No estaba loco.
No estaba imaginando cosas.
El monstruo ya sabía que lo estaban buscando.
Y ahora, lo estaba esperando.
El viaje hasta Marysville fue largo y silencioso. Ralph Anderson apretaba el volante con los nudillos blancos, sintiendo la tensión reptarle por la espalda. A su lado, Holly Gibney revisaba una y otra vez las notas que había recopilado.
—Todo nos lleva aquí —dijo ella, sin apartar la vista de los documentos—. Si las pistas son correctas, él está en la cueva de Marysville.
—¿Qué demonios haría ahí? —preguntó Ralph.