Misery
Misery Paul intentó calmarla, pero sus manos estaban atadas a su propio cuerpo roto.
—Annie, es solo un libro…
—¡NO ES SOLO UN LIBRO! —bramó, con las mejillas encendidas—. ¡Ella es real!
El silencio que siguió fue espeso, denso. Annie respiraba con fuerza, sus manos apretadas en puños. Luego, con la misma rapidez con la que su rabia habÃa estallado, su expresión cambió. Su rostro se suavizó y susurró:
—Pero lo arreglaremos. ¿Verdad, Paul?
Paul sintió un escalofrÃo.
—¿Arreglar qué?
Annie se inclinó sobre él, con una sonrisa escalofriantemente dulce.
—Vas a escribir un nuevo libro. Vas a traer de vuelta a Misery.
Paul tragó saliva, sintiendo cómo un abismo se abrÃa bajo él.
Annie no lo habÃa salvado. Lo habÃa capturado.
Paul miró la máquina de escribir con la boca seca. No tenÃa opción. Annie se mantenÃa de pie a su lado, las manos cruzadas sobre su delantal, sonriendo con expectación. Como si fuera un niño a punto de abrir un regalo de Navidad.
