La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Le tendí la mano y aquel ser horrible, adulador y sin ojos me la agarró al instante como un torniquete. Me pilló tan de sorpresa que traté de desasirme, pero el ciego me atrajo hacia él con un simple movimiento del brazo y me ordenó:

—Vamos, chico, llévame hasta el capitán.

—Señor, os juro que no me atrevo —le contesté.

—Conque esas tenemos —rezongó—. ¡Llévame inmediatamente o te parto el brazo!

Y según decía estas palabras, me lo retorció con tal fuerza que se me saltaron las lágrimas.

—Señor, si es por vos —le dije—. El capitán ya no es lo que era. Está siempre sentado con el machete desenvainado. Otro caballero…

—Vamos, en marcha —me interrumpió el ciego.

Nunca había oído una voz tan cruel, fría y desagradable como la de aquel hombre. Le obedecí inmediatamente, más por miedo que por dolor; me encaminé directamente hacia la puerta y hacia la sala en la que estaba sentado nuestro viejo bucanero enfermo, adormilado por el ron. El ciego iba pegado a mí, agarrándome con su puño de hierro, y cargando sobre mí más peso del que yo era capaz de soportar.


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