La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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—Llévame directamente hasta él, y cuando esté al alcance de su vista grítale: «Aquí está un amigo vuestro, Bill». Si no lo haces, te hago esto.

Y mientras decía estas palabras me retorció con tanta fuerza el brazo, que creí que me iba a desmayar. Entre una cosa y otra el ciego me tenía tan aterrorizado, que se me olvidó el temor que me producía el capitán y, cuando abrí la puerta de la sala, grité con temblorosa voz lo que aquel me había ordenado.

El pobre capitán alzó los ojos y, de una mirada, el ron se le bajó a los talones y se le pasó la borrachera. La expresión de su rostro no era tanto de pavor como de enfermedad mortal. Hizo un movimiento para levantarse, pero no creo que tuviera ya fuerzas suficientes.

—¡Quédate sentado donde estás, Bill! —dijo el mendigo—. Aunque no vea, soy capaz de oír el movimiento de un dedo. Los negocios son los negocios. Extiende la mano izquierda. Chico, agárrale por la muñeca y pon su mano izquierda en la mía derecha.

Ambos obedecimos al pie de la letra y vi que algo pasaba de la palma de la mano del ciego que sostenía el bastón a la palma de la mano del capitán, que cerró el puño al instante.

—Lo hecho, hecho está —dijo el ciego.


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