La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Con las mismas, de repente me soltó y, con increíble agilidad y precisión, salió de la sala y echó a andar por el camino; yo seguía clavado en el sitio y oía los golpecitos del bastón en la distancia.
Tanto yo como el capitán tardamos un buen rato en recuperamos; pero al cabo, yo le solté la mano, que todavía tenía agarrada, y él, casi al mismo tiempo, la retiró y clavó la mirada en lo que tenía en la palma.
—¡A las diez! —exclamó—. Seis horas. Todavía podemos librarnos de ellos.
Y se puso en pie de un salto. Pero al hacerlo, se tambaleó, se llevó la mano al cuello, perdió un momento el equilibrio y luego, con un extraño ruido, cayó de bruces sobre el suelo.
Corrí inmediatamente hacia él, llamando a mi madre a gritos. Pero las prisas fueron inútiles. El capitán había caído fulminado por un ataque de apoplejía. Resultará difícil de comprender, pues nunca me había gustado aquel hombre, aunque en los últimos tiempos me había empezado a dar pena, pero en cuanto me di cuenta de que se había muerto me eché a llorar. Era el segundo muerto que veía y la pena por el primero seguía viva en mi corazón.