Guerra y Paz

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XIII

Cuando Pierre y su mujer entraron en la sala la condesa sentía la necesidad —habitual para ella— de una actividad cerebral y hacía solitarios; y aunque, por pura costumbre, pronunciara las palabras que siempre decía a la vuelta de su yerno o su hijo: “Ya es hora, querido, llevamos esperándote mucho tiempo, pero ya estás aquí, etcétera. ¡Bendito sea Dios!”, y aunque añadiera al recibir los regalos otras palabras habituales: “No es el regalo lo que me agrada, querido: gracias por acordarte de esta vieja”, era evidente que en ese momento la llegada de Pierre no le agradaba, porque la distraía del solitario aún no concluido.

Sólo cuando hubo terminado el juego se puso a examinar los regalos que le traía Pierre. Consistían en un estuche para los naipes, magníficamente trabajado, una taza de Sèvres azul oscuro, con su tapadera, donde estaban dibujadas unas pastorcillas, y una tabaquera de oro con el retrato del conde, encargado por Pierre a un miniaturista de San Petersburgo (la condesa deseaba tenerlo hacía tiempo). En aquel momento no tenía deseos de llorar y por eso miró el retrato con indiferencia y dedicó más atención al estuche.



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