La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich De pronto le quedó claro que aquello que le atormentaba y de lo que no conseguÃa desembarazarse salÃa de una vez por todas, y lo hacÃa por dos lados, por diez lados, por todos los lados. Le daba pena de ellos, tenÃa que intentar que no sufrieran. Liberarlos y liberarse a sà mismo de esos sufrimientos. «Qué bien y qué sencillo —pensó—. ¿Y el dolor? —se preguntó—. ¿Adónde se ha ido? Eh, dolor, ¿dónde estás?».
Se quedó a la escucha.
«SÃ, allà está. Bueno, que venga».
«¿Y la muerte? ¿Dónde está?».
Buscó ese temor a la muerte que le habÃa acompañado a lo largo de toda su vida y no lo encontró. ¿Dónde estaba? ¿Qué muerte era esa? Ya no albergaba ningún temor porque la muerte no existÃa.
En su lugar habÃa surgido una luz.
—¡Entonces es asÃ! —exclamó de pronto en voz alta—. ¡Qué alegrÃa!
Todo sucedió en un instante, pero el significado de ese instante ya no cambió más. No obstante, para los presentes su agonÃa se prolongó aún dos horas. Su pecho emitÃa una especie de gorgoteo; su cuerpo demacrado se estremecÃa. Después los gorgoteos y los estertores se fueron espaciando.
—¡Ha terminado! —dijo alguien a su lado.
Él oyó esas palabras y las repitió en su alma. «La muerte ha terminado —se dijo—. Ya no existe».