Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Resultaba conmovedor ver cómo la reina se ruborizaba y sonreía, y al mismo tiempo parecía desconcertada y feliz, y le dedicaba a sir Lanzarote unas miradas furtivas que en el estado de Arkansas le habrían acarreado a él la condena a muerte.

Todos alabaron el valor y la magnanimidad de sir Lanzarote. En lo que a mí respecta, me encontraba completamente atónito al pensar que un hombre, sin ayuda de nadie, hubiese sido capaz de derrotar y capturar tales batallones de guerreros experimentados. Eso mismo le dije a Clarence, pero mi socarrón amigo sólo comentó:

-Si sir Kay hubiese tenido tiempo de ingerir otro odre de vino agrio, hubieseis visto duplicadas las cifras que mencionó.

Miré al joven, apenado, y mientras lo estaba haciendo noté que afloraba en su semblante la sombra de una profunda melancolía. Seguí la dirección de su mirada, 'y vi que un anciano de barba muy blanca y vestido con una túnica negra de anchos faldones se había levantado y estaba de pie junto a la mesa sobre sus inseguras piernas, mientras balanceaba levemente su vetusta cabeza y examinaba a los presentes con una mirada acuosa y errante. La misma expresión de sufrimiento que había aparecido en el rostro del paje podía observarse en todos los demás; era la expresión de unas criaturas estupefactas que saben que se verán obligadas a resistir sin quejarse.


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