Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo De cualquier manera, en seguida me di cuenta de que me había pasado un poco de rosca. Yo pretendía asustarlos, pero no darles un susto de muerte, que es lo que había conseguido. Veréis, se habían pasado la vida aprendiendo a apreciar las ventajas de la picota, pero de ahí a darse de narices con ella, solamente porque yo, un forastero, podría decidirme a denunciar los hechos, en fin, era algo tan terrible que no parecían capaces de recuperarse del susto y recobrar la compostura. Se habían quedado pálidos, temblorosos, mudos, lastimosos. No tenían mejor aspecto que un grupo de cadáveres. Resultaba bastante desagradable. Yo había confiado en que me rogarían que guardase silencio, con lo que nos daríamos un apretón de manos, nos serviríamos una ronda, reiríamos de lo ocurrido y punto final. Pero no fue así; lo cierto es que yo era un desconocido entre unas gentes cruelmente oprimidas y desconfiadas, gentes que estaban acostumbradas a que los demás se aprovechasen de su debilidad y que sólo esperaban ser bien tratados por sus familiares y amigos íntimos. ¿Suplicar que fuese amable, justo y generoso? Claro que lo estaban deseando, pero sencillamente no se atrevían.