Ante la bandera
Ante la bandera —En lugar de usted, yo me resignarÃa guardián Gaydón —me dice sonriendo—. Cuando está uno cogido…
—Supongo que se tiene el derecho de gritar.
—¿Para qué, si nadie le escuchará a usted?
—Se me escuchará más tarde, caballero…
—¡Más tarde!… ¡Eso es tan largo! En fin, grite usted lo que quiera.
Y después de este irónico consejo, Serko me deja abandonado a mis reflexiones.
A las cuatro, un gran navÃo es señalado a seis millas al Este. Su marcha es rápida. Grandes humaredas se escapan de sus chimeneas. Es un barco de guerra, pues una estrecha bandera se ve a la punta de su palo mayor; no lleva pabellón alguno, pero yo creo reconocer en él un crucero de la marina federal.
Me pregunto si la Ebba le hará a su paso el saludo de ordenanza. No…; y en el momento dicho, la goleta muestra intenciones de alejarse. Esto no me asombra, tratándose de un yate tan sospechoso. Lo que sà me causa la mayor sorpresa es el modo de maniobrar del capitán Spada.