Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Ricardo Shandon, sin participar de semejantes supersticiones, no dejaba de estar inquieto, y la vÃspera de hacerse a la vela, el 5 de abril por la tarde, conversaba sobre el objeto de sus zozobras con el doctor, con Wall y con el contramaestre Johnson, en la cámara de popa.
Los cuatro saboreaban entonces el décimo vaso de grog, que era el último sin duda, pues, según las prescripciones de la carta de Aberdeen, todos los hombres de la tripulación, desde el capitán al fogonero, eran teetotalers, es decir, que no hallarÃan a bordo ni vino, ni cerveza, ni licor alguno espirituoso, no siendo en caso de enfermedad y por orden del doctor.
Por espacio de una hora no versó la conversación más que sobre un solo objeto: la partida. Si las instrucciones del capitán se realizaban al pie de la letra, Shandon debÃa recibir al dÃa siguiente una carta conteniendo sus últimas órdenes.
—Si la tan esperada carta —decÃa el comandante— no me indica el nombre del capitán, me dirá al menos cuál es el destino del buque. Sin saberlo, ¿dónde he de dirigirme?
—A fe mÃa —respondió el impaciente doctor—, yo en vuestro lugar partirÃa aunque no recibiese carta; ella nos saldrÃa al encuentro, os respondo de ello.