Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Es verdad —respondió Johnson.
—Nada es más fácil —repuso el doctor—. Y acerca del particular puedo decir algo.
—Ya lo creo —dijo Johnson—, vos lo sabéis todo.
—Amigos mÃos, yo no sé más que lo que me han enseñado otros, y cuando haya hablado sabréis tanto como yo. He aquà lo que puedo deciros respecto del frÃo y de las bajas temperaturas que Europa ha experimentado. Se cuentan varios inviernos memorables, y parece que los más rigurosos se han sometido a un regreso periódico cada cuarenta y un años, a poca diferencia, regreso que coincide con la mayor apariencia de las manchas del sol. Os citaré el invierno de 1364, en que el Ródano se heló hasta Arlés; el de 1408, en que el Danubio se heló en todo su curso y los lobos atravesaron el Cattegat a pie enjuto; el de 1509, durante el cual el Adriático y el Mediterráneo se solidificaron en Venecia, en Sète y en Marsella, y el 10 de abril se heló también el Báltico; el de 1608, que hizo perecer en Inglaterra todo el ganado; el de 1789, en que el Támesis se heló hasta Gravesend, a 6 leguas de Londres; el de 1813, del que conservan los franceses tan terribles recuerdos, y, en fin, el de 1829, el más precoz y el más largo de los inviernos del siglo XIX. Eso en cuanto a Europa.