La caza del meteoro

La caza del meteoro

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No pudo contenerse; aquel rayo de sol hacía sobre él el mismo efecto que un globo lleno de gas; le subía, aumentaba su fuerza ascensional, obligándole a elevarse en la atmósfera.

Mr. Dean Forsyth, olvidándose de todo, dirigióse hacia la puerta.

Por desgracia, Mitz estaba ante ella, y no parecía dispuesta a concederle paso. ¿Se vería, pues, en la necesidad de cogerla por el brazo, entablar una lucha con ella y recurrir a la ayuda de «Omicron»?

No llegó a verse obligado a apelar a estos extremos. La anciana sirvienta, a no dudar, se hallaba rendida y fatigada por el esfuerzo que acababa de hacer. Aun cuando tuviese la costumbre de regañar a su amo, jamás, hasta entonces, había tenido tal impetuosidad.

Fuese el esfuerzo físico gastado en aquella violencia, fuese la gravedad del asunto de la discusión, asunto de los más palpitantes, toda vez que se trataba de la futura felicidad de su querido «niño», el caso es que Mitz sintióse de pronto desfallecer y se dejó caer pesadamente sobre una silla.

Mr. Dean Forsyth, hay que decirlo en su descargo, abandonó al sol, al cielo azul y al meteoro. Acercóse con solicitud a su anciana sirvienta para informarse de lo que le pasaba.

—No sé, señor; tengo, como quien dice, el estómago vuelto del revés.


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