La invasion del mar
La invasion del mar —Seguramente —respondió el comandante—, pues la vida de los nómadas no podrá ser lo que hasta ahora ha sido… Entre todos, los tuaregs se distinguen por su violencia, y esto se concibe. Ya no habrá caravanas que conducir o que saquear. Todo el comercio se efectuará por los barcos a través del nuevo mar, ¡y a menos que los tuaregs no cambien el oficio de ladrones por el de piratas!… Pero aun asÃ, bien pronto quedarÃan reducidos a la impotencia. No es, pues, de extrañar que procuren soliviantar las tribus sedentarias, haciéndoles ver un porvenir de ruina por el abandono del género de vida de sus antepasados. Gracias al fatalismo musulmán, las cosas no han pasado a mayores; pero todo este estado de opinión puede estallar el mejor dÃa en forma de violenta agitación. Evidentemente, estas pobres gentes no conciben todo el alcance del gran proyecto. No ven en él más que una obra de hechiceros que puede acarrear un espantoso cataclismo.
El comandante no decÃa nada nuevo a sus huéspedes.
El capitán Hardigan no ignoraba que la expedición encontrarÃa mala acogida entre las tribus del Djerid. Pero la cuestión era saber si el estado de los ánimos era tal que hubiera de temerse un próximo levantamiento entre los habitantes de las regiones del Rharsa y del Melrir.