La invasion del mar
La invasion del mar Este hombre, minucioso y metódico, pronunciaba pausadamente las frases.
DirÃase que las paladeaba, como un gourmet una exquisita pastilla.
—Y cuando pienso —repuso Pistache— que por donde nuestros caballos marchan nadarán los pescados, navegarán los barcos…
—SÃ, cabo, pescados de todas clases, grandes y chicos… delfines y tiburones.
—¿También ballenas?
—No lo creo, acaso no haya bastante agua para ellas.
—¡Ya lo creo que habrá!… Según lo que nos ha dicho el suboficial Nicol, veinte metros de profundidad en el Rharsa y veinticinco en el Melrir.
—No en todos los puntos, y hace falta mucha agua para que puedan vivir a sus anchas estos colosos del mundo submarino… y para que puedan hacer sus juegos y soplar cómodamente.
—¿Y soplan muy fuerte?
—Lo suficiente para llenar los fuelles de una fragua o de los órganos de todas las catedrales de Francia.
Luego, repuso, describiendo con la mano el perÃmetro del nuevo mar: