La invasion del mar
La invasion del mar —Veo ya este mar interior surcado por vapores y barcos de vela, entregándose al cabotaje en grande y pequeña escala, yendo de puerto en puerto; y ¿sabe usted cuál será mi más vivo deseo, cabo Pistache?
—Usted dirá, señor Franwis.
—Ir a bordo del primer barco que surque los nuevos mares argelinos… Tengo la esperanza de que el señor ingeniero pedirá pasaje en este navÃo y que daré con él una vuelta por estas aguas que nuestro esfuerzo ha traÃdo desde el golfo al desierto.
El digno señor Franqois considerábase, en cierto modo, un colaborador de su amo en esta creación del futuro mar del Sahara.
—En suma —y con este buen deseo el cabo Pistache acabó aquella interesante conversación—, puesto que la expedición habÃa comenzado tan bien, era de esperar que finalizara bajo tan excelentes auspicios.
Haciendo dos etapas diarias de siete a ocho kilómetros cada una, el ingeniero esperaba alcanzar pronto la extremidad del segundo canal. En cuanto el destacamento llegase al borde del Melrir se decidirÃa si habÃa de recorrerse por la parte norte o por la sur. Poco importaba que se diera prelación a una u otra, puesto que el proyecto del ingeniero comprendÃa un reconocimiento en todo su perÃmetro.