La invasion del mar
La invasion del mar Al llegar la noche habían sido franqueados 25 kilómetros, y el capitán Hardigan deteníase en el extremo este del Hinguiz. Estaban en el lindero del último oasis. Más allá extendíanse las vastas soledades de la depresión, sobre la cual, faltos de guía, el camino iba a ser difícil y peligroso. Pero, en fin, los prisioneros estaban bien lejos de su prisión, y si Ahmet y otros habíanse aprestado a perseguirles, lo cierto era que no habían dado con sus huellas. Todos tenían gran necesidad de reposo, y por mucho que fuera su interés en llegar a Goleah, no tuvieron más remedio que pasar la noche en aquel sitio. Por otra parte, aventurarse en medio de la oscuridad sobre terrenos movedizos hubiera sido demasiado expuesto. ¡Gracias que salieron con bien en plena luz! No teniendo que temer al frío en aquella época del año y en aquella latitud, los caminantes se acomodaron al pie de un grupo de palmeras. Parecía prudente que uno de ellos vigilase, mientras los demás dormían. Ofrecióse a ello el cabo durante las primeras horas, y se convino que sería relevado por los dos espahíes. En tanto que sus compañeros caían en un pesado sueño, Pistache se mantuvo en su puesto, acompañado del perro; pero apenas había transcurrido un cuarto de hora rindióle el cansancio. Inconscientemente, sentóse en el suelo, luego, se tumbó a lo largo, y sus ojos se cerraron a pesar suyo. Afortunadamente el fiel perro hacía mejor guardia, pues poco antes de media noche sordos ladridos despertaron a los que dormían. —¡Alerta, alerta!— exclamó el cabo, que acababa de levantarse de un salto.