La invasion del mar

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En un instante, Hardigan estuvo a su lado.

—Escuche usted, mi capitán —dijo Pistache. Un violento tumulto producíase por la parte izquierda del macizo de árboles; un ruido de ramas tronchadas a unos cuantos centenares de pasos.

—¿Serán los tuaregs que nos persiguen? —dijo Hardigan.

No era dudoso que, si los árabes habían descubierto la evasión, se lanzarían tras las huellas de los franceses. El capitán Hardigan, después de haber escuchado atentamente, siguió diciendo:

—No, no son los indígenas… Tratarían de sorprendernos sin hacer ruido.

—Perto ¿entonces?… —preguntó el ingeniero—. Son animales, fieras que rondan alrededor del oasis —contestó el cabo.

Efectivamente, el campamento no estaba amenazado por los tuareg, sino por uno o varios leones, cuya presencia constituía también un gran peligro. Si se arrojaban sobre los fugitivos, ¿cómo defenderse sin disponer de un arma siquiera?

El perro daba señales de la más viva agitación. El cabo pudo, a duras penas, contenerle e impedir que se lanzara hacia el lugar de donde salían furiosos rugidos.


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