La invasion del mar
La invasion del mar Esta agitación, siempre creciente, había influido no poco en la ruina de la Compañía franco-extranjera. Con el tiempo pareció apaciguarse, en vista de que abandonaban los trabajos; pero la invasión del desierto por el mar había quedado indeleble en el espíritu de los pobladores del Djerid. Cuidadosamente mantenido por los tuaregs desde su establecimiento al sur de Arad, así como por los «hadjis» o peregrinos que regresaban de La Meca y atribuían al canal de Suez la pérdida de la independencia de sus correligionarios de Egipto, continuaba siendo para todos una preocupación que no se concertaba apenas con el fatalismo musulmán. Las instalaciones abandonadas, con su material fantástico de enormes dragas provistas de extraordinarios elevadores con la apariencia de brazos monstruosos, de excavadores que, con justa razón, eran comparados a gigantescos pulpos terrestres, representaban un papel fabuloso en los relatos de los noveladores del país, cuya raza gusta de lo maravilloso, al estilo de los cuentos de Las mil y una noches y de otros innumerables inventados por árabes, persas o turcos.
Estos relatos mantenían en el espíritu de los indígenas la obsesión de la invasión del mar, reavivando los antiguos recuerdos.
No era, pues, de extrañar que más de una vez Hadjar y sus partidarios hubieran tomado parte en diversas agresiones en la época a que hacemos referencia.