Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Era el paradiseido "gran esmeralda", uno de los más raros. Medía tres decímetros de largo. La cabeza era relativamente pequeña, los ojos estaban colocados cerca de la abertura del pico, también pequeños; pero lucía una admirable conjunción de matices, amarillo en el pico, pardo en las patas y uñas, avellana en las alas de puntas purpúreas, amarillo claro en la cabeza y en la parte posterior del cuello, esmeralda en el buche, castaño en el vientre y en el pecho. Dos filamentos curvos y velludos sobresalían por encima de la cola, prolongados por largas plumas muy livianas, de finura admirable, con las que se completaba el conjunto del pájaro maravilloso, llamado por los indígenas con el poético nombre de “pájaro del sol”.
Yo sentía vivísimos deseos de poder llevar a París ese soberbio espécimen de los paradiseidos, para donarlo al jardín zoológico que no tiene uno solo de ellos vivo.
-¿Entonces, es muy raro?, preguntó el canadiense con el tono del cazador que estima muy poco a la caza desde el punto de vista estético.
-Muy raro, mí buen compañero, y, sobre todo, muy difícil de atrapar con vida. Incluso muertos, estos pájaros son motivo de importante comercio. Por eso, los indígenas han imaginado fabricarlos como se fabrican las perlas o los diamantes.