La Eneida
La Eneida de los frigios de entre su pueblo ni haber arrastrado los restos
de Troya por todos los suplicios: sus cenizas y huesos, destruida,
persigue. Ella sabrá las causas de locura tan grande.
Tú fuiste mi testigo hace poco en las aguas de Libia
de qué agitación provocó de pronto: mezcló todos los mares
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con el cielo, en vano confiada en las tormentas de Éolo,
a tanto se atrevió en tus propios reinos.
Y ahora, mira, lanzando al crimen a las madres troyanas
quemó vergonzosamente las naves y con la flota destruida
les forzó a dejar a los compañeros en una tierra extraña.
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Puedan los que quedan, te suplico, confiarte velas seguras
por las olas, puedan alcanzar el Tíber laurente,