Tus zonas erróneas
Tus zonas erróneas Amarse a uno mismo implica dejar de juzgarse con dureza, abandonar la costumbre de definirse por los errores, y aceptar que el valor personal no depende de logros, comportamiento ni aprobación externa. El valor de una persona no se negocia. Existe por el simple hecho de ser. Las acciones pueden corregirse, pero el amor hacia el propio ser debe mantenerse intacto, incluso ante los errores.
Desde pequeños se aprende que amarse a sí mismo es egoísta. La sociedad impone reglas que condicionan el autoestima: “piensa en los demás”, “comparte aunque no quieras”, “no te creas tanto”. Se internaliza la idea de que solo se merece amor si se actúa como los otros quieren. Así se instala el virus del desprecio a uno mismo. Y se mantiene vivo en la adultez cada vez que se sacrifica el bienestar personal por complacer, cada vez que se actúa por miedo al rechazo.
Pero quien realmente se ama no necesita agradar a todos. Se permite ser como es. Se acepta con sus luces y sombras. El amor propio no es vanidad; es salud. Es la base de una autoestima fuerte y estable. Quien se ama, no se deja manipular por elogios ni críticas. Y, sobre todo, no se inmoviliza ante el miedo a no ser querido. Se atreve a actuar, a expresar lo que siente, a tomar decisiones difíciles sin traicionarse.
