Sueño en el pabellón rojo

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Cuando ya se hizo evidente que el asunto no podía ser acallado, pasaron a discutir, cada vez más preocupadas, la mejor manera de informar de lo ocurrido a la Anciana Dama y las demás señoras.

—No hay nada que discutir —planteó Baoyu—. Decid simplemente que lo he hecho añicos.

—Con cuánta ligereza se está tomando este asunto, señor —replicó Pinger—. ¿Y si preguntan por qué lo hizo añicos? También será el fin de ellas. ¿Y si piden ver los trozos?

—Entonces decid que lo he perdido afuera.

Aquello ya les pareció más plausible y se animaron algo. Pero, recordando que Baoyu ya llevaba un par de días sin ir a la escuela ni hacer visitas en el exterior, le hicieron ver la poca consistencia de la coartada.

—No es verdad —replicó—. Hace tres días fui a ver una representación a la mansión del duque de Nan’an. Decid que lo perdí ese día.

—No sirve —lo contradijo Tanchun—, pues si lo perdiste, ¿por qué no se informó antes?

Y allí estaban, devanándose los sesos en busca de una buena versión, cuando escucharon unos aullidos y sollozos. Era la concubina Zhao que se acercaba.


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