Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Dicho lo cual, rompió a llorar.
Las palabras del muchacho y el dolor que lo consumía derritieron el corazón de Daiyu, pero se mantuvo inflexible a pesar de sus lágrimas de pena, con la cabeza agachada y en silencio.
Eso animó a Baoyu a continuar entre sollozos:
—Conozco mis defectos, pero a pesar de mi maldad nunca me atrevería a hacer cualquier cosa que te pudiese herir. Si hago algo equivocado puedes advertirme de ello, reñirme o incluso golpearme, en la seguridad de que no me importará. Pero cuando te limitas a no prestarme atención, como si no existiera, sin que yo conozca el motivo, entonces creo que me voy a volver loco y no sé qué hacer. Si ahora muriera, sólo sería el fantasma de alguien muerto injustamente, y no podrían salvar mi alma los bonzos budistas ni los monjes taoístas más esclarecidos, a no ser que me expliques realmente las razones de tu actitud.
A estas alturas el enojo de Daiyu se había disipado completamente.
—Si es cierto lo que dices, ¿por qué diste instrucciones a tus doncellas para que no me abrieran anoche? —preguntó.
—¿Qué dices? —exclamó Baoyu estupefacto—. ¡Que me muera aquí mismo si ordené tal cosa!